Mitos y Leyendas
*por el Lic. Juan Domingo Matamala
   

LA LEYENDA DEL PLESIOSAURIO

La llegada a la zona a principios de 1900 del Sheriff Norteamericano Martín Sheffield, quien, en un exceso de celo profesional recaló aquí en la zona buscando a los asaltantes de bancos, puso una nota de color y de locura a la historia. Sólo a él se le pudo ocurrir inventar la historia de la visión de un Plesiosaurio vivo en una laguna de Epuyén. Los ojos del mundo se posaron en la región y hasta el Director del Museo Zoológico de la Plata, Clemente Onelli, el Presidente de lLos EEUU y otros hombres de ciencia decidieron preservar semejante ejemplar que resultó inexistente.
Estos fueron los hechos:
Martín Sheffield, un Sheriff norteamericano nacido en Texas en 1863 luego de realizar diversas proezas en su país de origen, salió en persecución de algunos asaltantes de bancos que asolaban el territorio del Lejano Oeste. Cuando el mapa de los Estados Unidos se le terminó, zarpó hacia Chile y allí conoció a una mujer de la que enamoró, con la cual tuvo dos hijos, Dolores y Santiago.
Su inquieta personalidad pronto lo hizo moverse de allí y dejando su familia se internó hacia la Argentina. Se instaló en la zona del Nahuel Huapi, en el lugar conocido como Dina Huapi donde había una incipiente colonización norteamericana. Debido a sus profundos conocimientos del trabajo con animales y su eximia puntería con las armas, fue inmediatamente tomado como personal de la estancia. No duró mucho allí ya que una tarde realizó una apuesta a uno de sus coterráneos: le iba a arrancar el cigarrillo que tenía en sus labios el propietario. El certero disparo cumplió su cometido y Sheffield ganó la apuesta y también su despido del trabajo ya que estos norteamericanos no eran tan amigos de las bromas, como él.
Al poco tiempo llegó a El Bolsón y rápidamente también se granjeó el afecto y la admiración de la escasa población bolsonesa que vio en él a un simpático yaqui que se expresaba mal, que bebía bien y realizaba cosas increíbles con sus armas. Su reluciente estrella de Sheriff, su montura típica del país de donde provenía y su manejo y maestría con los animales le abrieron las pocas puertas que le permitirían vivir aquí con tranquilidad y hacer prosperidad en corto tiempo.
Se enamoró una vez más, en esta ocasión de una aborigen llamada María Pichún y con ella tuvo la friolera de doce hijos a los que bautizó con los más extraños nombres. Entre ellos estuvieron Conde, Dodo, Ande, Tede, Juana, María y otros.
Pronto El Bolsón le quedó chico para sus ansias de libertad y buscó oro en las nacientes del Arroyo Las Minas, en la Provincia del Chubut. Con suerte diversa lograba juntar pepitas del preciado metal y con la misma rapidez que la encontraba salía a venderla en la zona de Esquel o Jacobacci, incluso llegó hasta Carmen de Patagones, como lo menciona uno de los diarios de la época. Con ese dinero fresco y su personalidad extrovertida, dicharachera lo gastaba comprando animales vacunos, caballos y bebidas que compartía rumbosamente con los ocasionales amigos de juerga.
Años antes había conocido a Clemente Onelli quien acompañó al Perito Moreno en su tarea de la delimitación de la frontera con Chile.
En una de esos días que el tedio o el aburrimiento le deben haber tendido una trampa, decidió escribirle a Onelli, a esa sazón Director del Zoológico de Buenos Aires. Aquella carta, cuyo texto transcribo, selló su suerte, ingresando al país del mito y la leyenda.
La carta decía:

Esquel, 19 de Febrero de 1922
Señor Doctor Onelli
Director del Zoológico


Muy Señor mío:
Conociendo el empeño que Usted demuestra en fomentar el adelanto del Parque Zoológico, me permito distraer su atención sobre el siguiente fenómeno que por cierto ha de despertar su vivo interés, ya que se trata del posible ingreso a su jardín de un animal hasta ahora ignorado en el mundo.
Paso a relatar el hecho: Hace varias noches que voy registrando un rastro en el pasto cerca de la laguna donde tengo establecido mi puesto de cazador; el rastro es semejante a la huella de una chata pesada, la yerba queda aplastada y no se levanta más. He podido percibir en medio de la laguna una fiera con cabeza parecida a un cisne de formas descomunales. Y el movimiento del agua me hace suponer un cuerpo parecido a un cocodrilo.
El objeto de la presente es de conseguir su apoyo material para una expedición en toda regla, para lo cual se precisa una lancha, arpones, etc. ; la lancha se podría construir aquí.
Ahora bien, ; para el caso de no poder sacar al animal vivo, sería también preciso de contar con material de embalsamar.
Si Usted tiene interés en el asunto podría facultar a la Casa Pérez Gabito, en ésta, para que me facilite los medios para realizar la expedición. Espero que me conteste a la brevedad posible.
Salúdole con mi mayor consideración.
Martín Sheffield.

La noticia, primero guardada en secreto por Clemente Onelli, pronto salió a la luz y a partir de allí todo fue un pandemonium. La opinión pública se dividió automáticamente en dos: los que creían y los descreídos; los que deseaban ver vivo al monstruo y los que lo querían de cualquier manera, embalsamado, fotografiado o como sea.
La noticia fue titular en los diarios del mundo entero, principalmente en los EEUU de donde era oriundo el descubridor de tamaña pieza milenaria
Onelli supuso que el animal mencionado en la misiva de Sheffield no era otra cosa que un Plesiosaurio antediluviano.
El Diario La Nación fue el más entusiasta seguidor de la noticia mientras otros medios lo tomaron a juego, mezcla de incredulidad y mesura.
Mientras Roosevelt desde Esrtados Unidos bregaba por el envío de una comitiva de científicos para capturarlo vivo y, de lograrlo, sería llevado a New York para ser exhibido, Onelli sostiene que por el contrario debe ser capturado, muerto y embalsamado en la Argentina.
La Sociedad Protectora de animales no tarda en hacer sus airadas protestas por tal acto salvaje.
Es tal la popularidad que adquiere en poco tiempo el Plesiosaurio que hasta un inspirado tanguero escribe una obra con su nombre y una marca de cigarrillos gana la calle con la mágica figura en las marquillas.
Las adhesiones monetarias para encarar la expedición a la Patagonia son cada vez más numerosas y los entusiastas hacen largas colas para inscribirse en la posible captura del animal prehistórico. Clemente Onelli ya no da abasto para atender tanta demanda y decide dar a conocer la Comisión elegida que lleva a la cabeza a un destacado hombre, mano derecha en su momento del Perito Moreno, el Ingeniero Emilio Frey, lo acompaña un conocedor de la Patagonia, José M. Fungí, el embalsamador Alberto Merke, el cazador Santiago Anduela y una extensa lista de baquianos.
La partida desde Buenos Aires de tan heterogénea comitiva genera las lógicas expectativas que son seguida a diario por los matutinos de la Capital y de allí retransmitidas a todo el mundo, principalmente a EEUU, donde en los distintos estados se palpita, cual una telenovela, los avatares de los intrépidos cazadores.
Algo aconteció a medida que la Comisión se acercaba al lugar donde habitaba el Plesiosaurio porque sólo una reducida parte llegó al lugar. La desilusión inundó las redacciones de los diarios y todo no pasó de ser una interesante manera de atraer gentes a la zona o, simplemente, jugar un chiste pesado al Director del Zoológico de Buenos Aires.
Una de las hijas de Sheffield, Juana, a los ochenta y cinco años sorprendió a todos en el año 1995 cuando sostuvo:” Todos se acuerdan de mi papá por la historia del Plesiosaurio, pero yo fui la que lo vio. El vio el rastro y nosotros le dijimos a él. Estábamos en Epuyén y había un laguito chico. Estaban todos trabajando y nosotros que éramos chicos se nos dio por ir a la laguna a buscar unos huevos de pato. Conmigo fueron Ande y Tede. Entraron a la lagunita pero no encontraron huevos. Salieron y vieron rastros como de huellas de carros.¿Cómo pueden andar carros en este mallín? – se preguntaron. Empezaron a mirar y eran unas líneas que entraban y salían, pasaban por unas plantas bajitas y las quebraba, como que era algo pesado. Los chicos se asustaron y corrieron a avisarle a papá…..”
“ Las marcas que yo vi eran de una patas porque parece que tenía las patas cortitas: el cuerpo largo y las patas cortas, donde pasaba con la panza o el cuerpo aplastaba las plantas chicas. Después de ese episodio pasaron varios días y como a nosotros nos enviaban siempre al campo a buscar una cosa u otra, una mañana me mandaron a mí y a mi hermano más chico, Conde, a buscar un caballo. Llevamos con nosotros un perro y llegamos a la lagunita donde crecen juncos. Vimos el caballo entre los juncales. No queríamos mojarnos los pies porque hacía mucho frío, así que mandamos al perro. Este miraba y se asustaba y no quería entrar. Entonces yo miré y vi el rastro que estaba debajo de nosotros y que se había metido al charco ese y salía por el otro lado. Fue ahí que yo vi una cosa medio colorada, medio amarillenta, casi color suela. El animal tenía una piel medio con pelitos o con plumas. Más bien parecían pelitos. No le vimos ni la cola ni la cabeza. Le vimos la parte de la caja del cuerpo. Estaba tirado, ahí, durmiendo al solcito. Nosotros nos asustamos y volvimos corriendo a la casa. Ese animal pasaba por encima de una vaca muerta y nunca le hizo nada, parece que no comía carne… Unos días después en un remanso del Río Epuyén sentimos unos bramidos y dijimos ¿qué ternero brama?. Escuchamos y abajo, en una barranca, se veía el bicho y los peces hervían arriba en el agua y ahí comprendimos que el ruido salía de allí. Ese animal bramaba como un ternero de dos años.
Mi papá decidió escribirle una carta a Clemente Onelli refiriéndole de este animal que había visto y que era tan extraño.
Cuando vinieron los ingenieros, nosotros ya no estábamos allí.”
Allí fue el final de esta historia que el tiempo instaló en la memoria popular y se erige en una de las leyendas más elaboradas por un vecino comarcal.
Palabras como Epuyén, El Bolsón, Patagonia Argentina, resonaron a los cuatro vientos en letras de molde para seguir las peripecias de la cacería. Así como nació, murió, pero aún se insume mucho papel para desentrañar la visión del Sheriff Martín Sheffield, buscador de oro, certero cazador, que hizo de la nebulosa del pasado un acogedor rincón para el recuerdo de lo siglos posteriores.