LA
SEMBRADORA
Existen numerosas creencias afianzadas
en la zona que tienen que ver con los ritos para las actividades relacionadas
con la siembra, la cosecha y el cultivo.
Una de ellas que me fue relatada por mi propia madre sostiene que las
personas que van a sembrar plantas que den granos, tales como los choclos,
los porotos, las habas y las arvejas, deben poseer su dentadura completa
y en perfecto estado. Tal vez por el tipo de alimentación y, en
el caso de las mujeres por ser muy prolíficas y tener muchos hijos,
era difícil encontrar mujeres con toda la dentadura.
También era la huerta una tarea netamente femenina. De esta costumbre
es que se creó la figura de la sembradora que es una mujer que,
al poseer toda su dentición, estaba aquilatada para sembrar y garantizar
siembras exitosas y mejores cosechas. Esta labor era rentada ya sea con
dinero o pagos de pollos, pavos, lechones o las verduras de estación,
de acuerdo a la generosidad del contratante.
En el Valle Bolsonés hubo renombradas sembradoras que, para dar
más vuelo a su tarea, acompañaban la siembra con rezos e
imprecaciones sólo entendidas por ellas ya que eran dichas en tono
monótono y bajo, inaudible para el resto de los vecinos que asistían
al ritual.
Si no se contrataba a una sembradora y la hacía la mujer de dentición
escasa, las plantas daban choclos con granos salteados, las vainas de
porotos, habas y arvejas estaban inflados y en su interior sólo
aparecían unos pocos granos tristes.
Volviendo al tema del laboreo de la huerta hay otras creencias que no
por caprichosas han dejado de ser respetadas por los campesinos para evitar
el fracaso en sus siembras.
Se dice que las mujeres cuando están menstruando y son ajenas a
la casa no deben ingresar a la zona de la huerta porque las flores se
pasman ( se achicharran) y pierden su capacidad de maduración.
Afecta este hecho principalmente a los zapallos, zapallitos redondos,
calabazas y porotos y algunas lechugas.
No menos difundida es la técnica que define el momento óptimo
para la siembra de porotos que generalmente son afectados por las heladas.
Para evitar que sucumban a las bajas temperaturas es imprescindible sembrarlos
un día que haya un poco de brisa y esté nublado. Esa sola
precaución evita los posteriores problemas.
Desde siempre también se ha respetado el hecho de no sembrar cuando
uno o más miembros de la familia se encuentran enfermos o en desgracia,
hacerlo en tales circunstancias significaría que la plantación
va directo al fracaso. Esta y otras creencias singulares se emparentan
también con los pocos deseos de trabajar que algunos vecinos tenían
y esa era la excusa perfecta para tomarse unos días de respiro
y descanso a costilla del patrón.
Una vieja tradición que aún hoy se sigue practicando está
relacionada con la elaboración de la chicha de arveja.
Como la arveja ya en enero está lista para su consumo, los viejos
pobladores, siempre ávidos de una libación alcohólica,
descubrieron que con los capis que quedan luego de extraer los granos
de arveja, si los hierve adecuadamente y se pone un poco de azúcar
y unos granos de levadura, al fermentar dan un licor suave y agradable
con una graduación alcohólica adecuada.
Es así que para darle un tiempo de maduración justa envasaban
en botellas muy bien cerradas (utilizaban envases de sidra porque eran
más resistentes) y las enterraban en las cabeceras de las melgas
de papas de tal manera que ya para marzo, cuando llegaba el tiempo de
cosecha de los tubérculos, se iniciaba la tarea bebiendo la chicha
de arvejas de la cabecera y al finalizar la melga se accedía a
la segunda botella. De tal manera los campesinos concluían más
alegres que cansados su agotadora tarea de sacar papas, embolsarlas, trasladarlas
a los galpones y llegaban de regreso a sus hogares con unas copas de más
y muchas ganas de seguir trabajando … o ¿bebiendo?.
Esta tradición me parece que persiste por ese motivo: conjuga muy
bien trabajo y placer…
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