Mitos y Leyendas
*por el Lic. Juan Domingo Matamala
   

LA SEMBRADORA

Existen numerosas creencias afianzadas en la zona que tienen que ver con los ritos para las actividades relacionadas con la siembra, la cosecha y el cultivo.
Una de ellas que me fue relatada por mi propia madre sostiene que las personas que van a sembrar plantas que den granos, tales como los choclos, los porotos, las habas y las arvejas, deben poseer su dentadura completa y en perfecto estado. Tal vez por el tipo de alimentación y, en el caso de las mujeres por ser muy prolíficas y tener muchos hijos, era difícil encontrar mujeres con toda la dentadura.
También era la huerta una tarea netamente femenina. De esta costumbre es que se creó la figura de la sembradora que es una mujer que, al poseer toda su dentición, estaba aquilatada para sembrar y garantizar siembras exitosas y mejores cosechas. Esta labor era rentada ya sea con dinero o pagos de pollos, pavos, lechones o las verduras de estación, de acuerdo a la generosidad del contratante.
En el Valle Bolsonés hubo renombradas sembradoras que, para dar más vuelo a su tarea, acompañaban la siembra con rezos e imprecaciones sólo entendidas por ellas ya que eran dichas en tono monótono y bajo, inaudible para el resto de los vecinos que asistían al ritual.
Si no se contrataba a una sembradora y la hacía la mujer de dentición escasa, las plantas daban choclos con granos salteados, las vainas de porotos, habas y arvejas estaban inflados y en su interior sólo aparecían unos pocos granos tristes.
Volviendo al tema del laboreo de la huerta hay otras creencias que no por caprichosas han dejado de ser respetadas por los campesinos para evitar el fracaso en sus siembras.
Se dice que las mujeres cuando están menstruando y son ajenas a la casa no deben ingresar a la zona de la huerta porque las flores se pasman ( se achicharran) y pierden su capacidad de maduración. Afecta este hecho principalmente a los zapallos, zapallitos redondos, calabazas y porotos y algunas lechugas.
No menos difundida es la técnica que define el momento óptimo para la siembra de porotos que generalmente son afectados por las heladas. Para evitar que sucumban a las bajas temperaturas es imprescindible sembrarlos un día que haya un poco de brisa y esté nublado. Esa sola precaución evita los posteriores problemas.
Desde siempre también se ha respetado el hecho de no sembrar cuando uno o más miembros de la familia se encuentran enfermos o en desgracia, hacerlo en tales circunstancias significaría que la plantación va directo al fracaso. Esta y otras creencias singulares se emparentan también con los pocos deseos de trabajar que algunos vecinos tenían y esa era la excusa perfecta para tomarse unos días de respiro y descanso a costilla del patrón.
Una vieja tradición que aún hoy se sigue practicando está relacionada con la elaboración de la chicha de arveja.
Como la arveja ya en enero está lista para su consumo, los viejos pobladores, siempre ávidos de una libación alcohólica, descubrieron que con los capis que quedan luego de extraer los granos de arveja, si los hierve adecuadamente y se pone un poco de azúcar y unos granos de levadura, al fermentar dan un licor suave y agradable con una graduación alcohólica adecuada.
Es así que para darle un tiempo de maduración justa envasaban en botellas muy bien cerradas (utilizaban envases de sidra porque eran más resistentes) y las enterraban en las cabeceras de las melgas de papas de tal manera que ya para marzo, cuando llegaba el tiempo de cosecha de los tubérculos, se iniciaba la tarea bebiendo la chicha de arvejas de la cabecera y al finalizar la melga se accedía a la segunda botella. De tal manera los campesinos concluían más alegres que cansados su agotadora tarea de sacar papas, embolsarlas, trasladarlas a los galpones y llegaban de regreso a sus hogares con unas copas de más y muchas ganas de seguir trabajando … o ¿bebiendo?.
Esta tradición me parece que persiste por ese motivo: conjuga muy bien trabajo y placer…