EL
MITO DE LOS HIPPIES EN EL BOLSÓN
Antes
de ahondar en este mito, quizá el más emblemático
de la zona, es necesario precisar en qué sentido se toma aquí
el término “mito”.
La acepción que la mayoría de los diccionarios específicos
lo definen como : El símbolo y el mito son las formas expresivas
primordiales del espíritu humano y el origen de todas las literaturas
a la vez que el depósito de lejanas creencias y de los más
antiguos fundamentos de la ciencia. Su punto de partida son la naturaleza
y las acciones humanas.
El mito es, en sus orígenes, es una creación simplista o
elemental. La mentalidad primitiva ha creado los mitos, muchas veces como
reflejo o imagen de fenómenos naturales. El mito es, en sus orígenes,
una creación simplista o elemental.”
(José Antonio Pérez Rioja) (Diccionario de símbolos
y mitos)
No es esta la acepción que voy a utilizar para tratar de desentrañar
el mito de los hippies . Se trata aquí de dar entidad a lo que
el imaginario colectivo le otorga visos de verosimilitud a una ficción
que carece de sostén alguno en el campo de la realidad.
Si bien es cierto que los hippies se instalaron en El Bolsón y
han dejado su huella innegable, no todo lo que se comenta es exactamente
así y las proyecciones de aquellas experiencias, lejos de acercarla
a la verdad le han permitido tomar un vuelo de insospechadas derivaciones.
Interpretaciones de las más variadas le dan día a día,
relato a relato, un perfil cada vez más difícil de volverlo
a tierra.
No es mi intención desmitificar lo que el pueblo ha creado. Mi
idea es poner al lado la verdad desnuda que puede ser tomada como una
forma mordaz de quitarle credibilidad. De cualquier manera los mitos proseguirán
su derrotero y camino nebuloso y se podrá creer o no en él,
pero su instalación en el ámbito colectivo ya ocupó
su lugar.
Los hechos concretos marcan que el año 1969 llegó a El Bolsón
un grupo de muchachos que habían puesto en escena en Buenos Aires
la Opera Rock ” Hair” y que eligieron este lugar para llevar
a cabo el regreso a la naturaleza y el sueño de cultivar la tierra
en un lugar de encanto.
La primera pregunta que surge es cómo conocieron acerca de este
apartado rincón patagónico. Aquí las opiniones se
diversifican. Algunos sostienen que fue fruto de una mera casualidad aunque
El Bolsón era medianamente conocido por viajeros europeos que habían
hablado de él en sus países de origen y habían despertado
curiosidad por su microclima y sus gentes.
Sin embargo otros analistas de esta compleja situación sostienen
que fueron los acaudalados padres que buscaron la manera de enviar a sus
hijos que pensaban diferente a un lugar apartado y bello en donde resultara
fácil ubicarlos. Desde ese punto de vista El Bolsón ofrecía
el hábitat perfecto: rodeado de montañas, ríos, bosques
y pocas rutas accesibles. En ese ámbito se instala aquí
el primer grupo hippie, - por darle una denominación que todos
entiendan a la primera mención.-
Los primeros se ubicaron en la casa de un buen inmigrante llamado “El
Suizo”, excelente jugador de ajedrez, que tenía una casa
ubicada a la vera de la Ruta 258, a las orillas del rumoroso Río
Quemquemtreu.
Miguel Cantilo en su libro “Chau, loco”, dice:…A poco
de llegar me hablaron de una “colonia hippie” - como la llamaban
localmente – situada en las cercanías del pueblo, a orillas
del Río Quemquemtreu. No dejé pasar mucho tiempo hasta visitar
aquel misterioso asentamiento del cual los pueblerinos echaban a rodar
las versiones más curiosas, la más popular de las cuales
era la de que poseían una huerta en la cual crecía la marihuana
entre los tomates y las papas. Obviamente la imaginativa versión
fue descartada apenas la visité y se me abalanzaron tres de los
“colonos” preguntándome si traía algo. Mi negativa
fue casi un desconsuelo recibida con incrédula desconfianza. Eran
no más de cinco desgreñados mochileros en estado sedentario,
disfrutando del sol de enero, que por aquellas latitudes es aún
respetable. Ocupaban una cabaña precaria cuyo alquiler adeudaban
desde varios meses atrás y en cuyos alrededores improvisaban tímidos
ensayos agrícolas sin agua corriente ni energía eléctrica.
Se los veía muy bronceados, semidesnudos y alegres, aunque daban
la sensación de estar esperando que algo sucediera y quebrara aquella
apabullante paz patagónica”…
“ Ellos eran una versión reducida de un grupo más
numeroso de artesanos y parte del elenco del musical Hair de Buenos Aires,
a los cuales se les habían sumado buscadores de libertad, gente
llana y de hábitos poco comunes”.
Esta visión de Cantilo, que tiempo después fundaría
su propia colonia en la zona de Las Golondrinas, es la que pudo entrever
como parte negra de sus propios sueños, que, llegado el momento,
trataría de evitar. Buscó un lugar más cómodo
trató de vivir con más bienestar y una visión a futuro
de la vida en comunidad aunque los fines fueran, como dice él “aleatorios”.
A posteriori otro grupo hace realidad la vida comunitaria y se establecen
en las orillas del El Blanco y El Negro, en la zona rural de Mallín
Ahogado. Eduardo Viso y Moni, su esposa adquieren la tierra y las mejoras
de ese lugar encantador. Las mismas no consistían en otra cosa
que un precario galpón con un tacho de doscientos litros que oficiaba
de cocina y calefactor a leña, sin luz ni agua corriente. Por aquellos
años de 1970 estos cursos de agua era todavía puros y límpidos,
sin contaminación. Junto a otro matrimonio de Juan Carlos y , Ana
Nicosia y su pareja, se instalan y allí comienza esta comunidad
que se la denominó “La Isla” por la particular ubicación
geográfica donde se encontraba.
La comunidad del Arca surge del grupo dejado por la presencia de Lanza
del Vasto en una reunión que unió a muchísima gente
en el Camping Municipal de La Alegría convocada por los amigos
de Lanza.
A ese encuentro concurrieron más de setenta personas. Hay que tener
en cuenta que muchos desconocían la verdadera trayectoria de Lanza
del Vasto.
La nómina que aún se conserva incluye a estos nombres:Néstor
Ferro, Oscar Domínguez, Oscar Catania, Adriana Ottone, Tato Alvarez,
Gloria Bacigalupi, Gabriela, Gustavo y Matías Alvarez (hijos de
Tato y Gloria), Félix y Mirta Suárez, María Balbauena,
Luis Leanes, Lidia Victoria Chatruc, Nilo Silvestrone, Marita de Silvestrone,
Natalia Silvestrone, Urbano Morandín, Elke Sommer, Alfredo Falabella,
Alejandro Canale, Susana Somer, Francisca Karpinsky, Zvonimir Katalenic,
Ricardo Hardoy, Agustina Orellano, Daniel Ardilla, Carlos Drughieri, Michael
Kozel, Javier Molins, Gerardo y María Teresa Cortada, Susana Aberasturi,
Eduardo Bisso, Ana Garrido Caro, Nidia, Irene y Gustavo Santucho, Carlos
Poletti, Héctor Omad, Graciela Diéguez, Omar Onganía,
Cristina Lapolla, Jorge Barzi, Gustavo Porro, Jorge Carelli, Hebe y Gastón
Carelli, Ana Nicosia, Susana Echeverría, Susana Torres Courth,
Gabriel Vogelman, María Mase, Julio Barrera Oro, Marcelo García
Morillo, Carmen Panzeri, Bernardo Roh, Gabriel Lini y Angel Antonio Ruso,
Gustavo Calderón y Horacio Balegno.
Con la partida de Lanza queda esa simiente y la Comunidad del Arca comienza
a vislumbrarse. Es tan fuerte el vínculo que Lanza les envía,
tiempo después una carta que relata su impresión del grupo
conformado en base a muchos de los concurrentes a aquella reunión
realizada entre el 27 y 28 de Febrero de 1977.
Con fecha 19 de Octubre de 1976 Lanza envía una carta a aquellos
que intentaban la vida comunitaria. En esa misiva escribe:
“ Queridos y valientes amigos:
Con gusto recibí vuestras noticias y con qué coraje, después
del ( incendio?, inicio?) os preparáis a echar los pechos al agua,
a entrar en la vida común. No resultará fácil. Pasada
la primera llamarada del fervor empezarán los abandonos, las fricciones,
los problemas. Pero si uno solo sigue firme y se mantiene a toda costa,
el jardín florecerá un día.
Fijad desde un principio una regla a la cual ninguno falte sin tener penitencia
y si no lo hace, otro lo haga en su lugar, horario para la oración
común, para la comida, el trabajo (8 horas), consejo semanal, decisiones
por unanimidad y la campana u otra señal para el recuerdo, suspensión
y distensión durante unos minutos, lecturas de preparación
de la próxima fiesta, cantos y baile.
Quedad en contacto con Juan Caballo del Viento y con el grupo joven de
los cuatro. Quizá hay un día fusión con ellos.
¿Cómo es que tenéis esta gran tierra?. ¿De
quién es?. ¿Vuestra?
Nosotros luchamos para la defensa de la (Meseta del Zarzal???) desde años.
Una Comunidad del Arca del tamaño de la vuestra podría padecer
la expansión lo que desencadenará un movimiento regional
y nacional de protestas. Voy a París dentro de poco a ayunar públicamente.
Una Comunidad se funda en Italia en estos meses.
No podré ir a visitarlos antes de los últimos meses del
año próximo aunque quiera!
¡Paz, Fuerza y Gozo!!
Lanza
del Vasto.
Posteriormente
Carraro ofrece el sitio de reunión.
Esta experiencia fue tomada muy en serio, tanto es así que el discípulo
del Mahatma Gandhi, Lanza del Vasto, visitó en tres o más
ocasiones la Argentina y en una de ellas vino hasta El Bolsón para
acompañar la experiencia comunitaria de este grupo. Este verdadero
apóstol de la no violencia y el respeto a la naturaleza les dio
sabios consejos para mantener la convivencia y, a raíz de escucharlo
y poner en práctica dichas ideas, la vida diaria sufrió
transformaciones importantes. Una de ellas fue la modificación
de las normas de vida generando espacios de vida comunitaria y otros de
intimidad, se incorporó la mística y la oración en
determinadas horas del día, convocados por un gong.
Indudablemente esta segunda opción, que fue relativamente efímera,
permitió proseguir en un camino mucho más amplio que el
trazado originalmente. La educación de los niños, los juegos,
la música y el amor a la naturaleza fueron el norte de la convivencia.
Aprendieron con rapidez los rudimentos de los cultivos, huerta, cría
de animales de corral, caballos y vacas y con eso la alimentación
también sufrió variables importantes.
Esta segunda experiencia se la denomina de la “Comunidad del Arca”
y se asentó en la zona de Cerro Radal en la Provincia de Chubut.
Otra
carta de Lanza del Vasto está fechada en Francia en el mes de Diciembre
de 1979 y dice:
“Queridos hijos:
Me alegro de ver que, a pesar de las pruebas, seguís viviendo según
nuestra regla y trabajáis en preparar el reino
La próxima vez que voy a la Argentina,y si todo va bien, os reconoceré
como Comunidad regular del Arca.
Una Comunidad en Italia, dos en España, dos en Francia fuera de
la Comunidad Madre, están en el mismo punto.
Ahora, hé aquí cómo hemos arreglado las cosas en
El Arca para que no pase lo que os pasa a vosotros y que ninguno, al irse,
pueda reivindicar un derecho sobre una parte del bien común.
1)
La Comunidad está constituía en “Asociación
sin fines de lucro” legalmente reconocida. El fondo es indivisible
e inalienable. A ningún miembro de la Asociación pertenece
algo.
2) Quien entra en la Comunidad tiene que tomar en serio su voto de pobreza.
Debe despojarse de todos sus bienes, si tiene, y de todo deseo de tener,
si no tiene. Puede dejar sus bienes a su familia sin reservar nada para
sí ni para sus hijos. Puede venderlo todo y distribuirlo a los
más pobres como manda el Evangelio. Puede llevar su fortuna en
totalidad o en parte a la Comunidad. Lo que no puede es retirar lo que
ha dado.
No puede poner condiciones a su don. No puede dictar a la Comunidad la
forma de disponer de dichos bienes.
Quien aportó bienes y quien aporta sólo su persona y su
trabajo serán tratados en igual modo.
Uno que aporta una fortuna no puede pretender un privilegio cualquiera
ni a un puesto de mando.
3) Asimismo se puede aceptar dones de personas extrañas siempre
que eso no implique una especie de Patronato de estas personas y limitación
a la libertad de la tribu Comunitaria.
4) Aparte del aporte de capitales alguien puede llevar bienes menores
como muebles, sábanas, libros, etc.. En general la Comunidad deja
el uso de estos bienes a quienes los llevaron. Pero más bien como
depósito y no como propiedad. Si entra una nueva familia que no
tenga nada, el Jefe de la Comunidad debe exigir que los que tienen compartan
con los que no tienen y que todos sean más o menos igualmente provistos.
Podéis inspiraros en estas normas para arreglar vuestro problema
presente y adoptarlas en el futuro.
Pero, ya que no tenéis votos y nada fue estipulado en un principio,
no hay otro remedio que buscar una componenda aceptable entre personas
honestas y pedir ayuda a Juan y al Grupo Aliados de Buenos Aires.
Ya he publicado en las nouvelles la conclusión del Consejo de la
Orden para el reconocimiento de una Comunidad del Arca.
I - Tres años de vida en común de al menos tres elementos
(personas no de la misma familia).
II – Suficiente independencia económica.
III – Todos los bienes en común.
IV – Decisiones unánimes.
V – Alternación periódica en los cargos.
VI – Regla y disciplinas observadas.
Entonces la Comunidad será visitada por el Jefe de la Orden y su
hijo mayor (hoy Monandas?) o un miembro del Consejo. La tribu admitida
a los votos. El Jefe designado por el peregrino y aceptado por la Comunidad
en forma unánime.
La Comunidad regular es interdependiente de las otras y filialmente ligada
con la Comunidad Capital (hoy la Borie noble?).
4 En caso de discusiones, conflictos, dificultades, pueden pedir la ayuda
del peregrino o del hijo mayor o del responsable de otra Comunidad y aceptar
anticipadamente la decisión del árbitro.
Queridos hijos: os deseo una Feliz Navidad, una Fiesta de Reconciliación
y acuerdo encontrado.
¡Paz, Fuerza y Gozo!
Lanza del Vasto.”
Luego, ya pasado un tiempo, algunos de estos miembros de la comunidad
se acercaron a la Iglesia Católica que por ese tiempo tenía
a un Párroco Franciscano muy inteligente, el Padre Antonio Carraro,
quien les dio la Orden de la Tercera Orden Franciscana, que los tornaba
más comprometidos con la religión y les encaminó
el perfil místico que se insinuaba ya en la comunidad.
Tato Alvarez, uno de los que participó en la última etapa
de la Comunidad, cuenta cómo fue aquella experiencia:
“En 1977 había un grupo de gente, algunos de los cuales ya
venían de antes, que no eran exactamente una Comunidad. Los medios
periodísticos nos nomenclaban así. Era un grupo que tenía
claro que había que producir un cambio en este planeta, que el
sistema económico no daba para más. A pesar de que ninguno
de nosotros tenía una cultura para hacer una huerta o criar animales.
Yo venía de Buenos Aires. Vivía en San Martín y Paraguay.
En una ocasión mientras realizaba un audiovisual en la Patagonia
conocí a un hombre de El Bolsón y me dijo que allí
la gente podía ir y acceder e instalarse sin poseer propiedad.
Tampoco aspirábamos a quedarnos con la tierra. Yo vivo en la zona
hace casi treinta años y aún no tengo título de propiedad.
Con el grupo compartíamos todo, desde la oración a la mañana
hasta la meditación, la huerta, el alimento, el yougurt, los animales,
los niños. Para mí esta comunidad falló por un problema
de propiedad, cuando se preguntaron de quién iba ser esa tierra.
Era una chacra muy grande de 38 hectáreas donde convivíamos
todos juntos, siete adultos y once pequeños. Creo que uno de ellos
mostró debilidad ante la propiedad y ese fue el síntoma
de separación porque cuando lo consultamos con Lanza del Vasto,
nos dijo que lo mejor era una decisión meditada y no violenta.
Hubo muchos intentos comunitarios en la Argentina de distintas religiones
y pensamientos pero todos fracasaron, supongo yo por el mismo motivo:
el sentido de propiedad. Creo que el argentino es un ser especial con
respecto al tema de la propiedad. Se pensó incluso parcelarla pero
aparecían los alambrados y no se condecía con el espíritu
que animaba a la Comunidad.
La necesidad de marcar territorio es más propio de los animales
que de los seres humanos… Si la propiedad servía para dividir,
para explotar al ser humano, esa no era nuestra aspiración comunitaria.
Aquí en la zona hasta bien entrado 1930, con la llegada de los
europeos que venían de la guerra, fueron ellos los que instalaron
la costumbre de los alambrados. Antes, no existían. La gente se
reunía para las cosechas, las grandes tareas se hacían comunitariamente,
las fiestas se hacían para festejar estos encuentros como corolario
de un trabajo de grupo. Era un acto cultural sembrar y cosechar.
Esto tuvo que ver con la utopía. Pero los utópicos existen
y deben convivir en la tierra concreta. Siempre hubo utopías y
esta no fue distinta a otras al momento de hacerla realidad. Los más
jóvenes de Buenos Aires conocían la zona en verano y enloquecían
por quedarse pero con los primeros fríos regresaban a su lugar
de origen porque los inviernos son muy fríos e intensos, lluviosos.
Otro elemento seductor es la ausencia de cánones ciudadanos, la
ausencia absoluta de preocupación por la ropa de marca, el cafecito,
el diario. En aquel tiempo se vivía con muy poco, con lechuga,
manzanas que los paisanos te regalaban porque sobraba, usábamos
trigo y lo molíamos, etc.
¿Por qué elegimos este lugar?. Porque el lugar es hermoso,
porque la gente seguía haciendo las cosas con las manos y porque
todo eso implicaba independencia del consumismo.
También hubo quienes se asustaron cuando comenzó a sobrarles
tiempo para sí mismos y no supo qué hacer, otros se transformaron
en artesanos, aquí, porque los artesanos, artesanos se habían
quedado en Plaza Francia, en Buenos Aires. En cambio acá los artesanos
se fueron haciendo por necesidad.
Hoy los artesanos son la mano de obra genuina que genera turismo y plata
fresca. A pesar de ello no son bien vistos por los comerciantes y hoteleros.
Lo que sucede que durante el proceso militar esas mismas personas estaban
a favor de los milicos y discriminaban a los zurdos, a los que pensaban
o vestían diferentes; luego se encolumnaron con el menemismo neoliberal
y siguen discriminando a los que denominan hippies, aunque sean simplemente
artesanos. Paradójicamente esa misma gente les tiende una mano
necesaria porque para verlos a ellos, “los hippies” se hacen
miles de kilómetros para encontrar ese lugar tan mentado de libertad,
belleza geográfica y sueños posibles. Siempre hay una tendencia
a discriminar la feria. Dos por tres aparecen en los corrillos la necesidad
de sacarla de ese lugar, de ralearla, de llevarla más lejos del
corazón del pueblo.
El artesano trabaja para el día, para ganar su poca plata para
comer, vivir y crear. El sistema apunta a trabajar para un día
jubilarse y dejar de trabajar. Esta filosofía es la antítesis.
Es sembrar. El que siembra sabe esperar a que dé su fruto, cosecharla,
cree en la cosecha y de allí se renace en esperanza.
Otra paradoja de los que han venido por aquí es que han pasado
de ser discriminados a convertirse en formadores de los hijos de los de
aquí. Muchos desempolvaron sus títulos y se convirtieron
en docentes que hoy educan a los hijos de los nativos. Esto es una curiosidad
que se da numerosas veces ya que la mayoría de los docentes provienen
de afuera y buscando una fuente laboral terminaron siendo maestros, profesores
y brindaron sus conocimientos en las aulas.”
Estas experiencias vividas por los grupos que intentaron la vida considerada
por los habitantes de la zona como “hippie” fue dejando poco
a poco una semilla. Los ojos del país y el mundo pronto comenzaron
a mirar este lugar como “ el lugar de los hippies” y, como
queda demostrado en estas breves acotaciones, el hippismo fue solo un
atisbo, una idea utópica, que, como todas las utopías pronto
cayó en la nada.
Sin embargo hoy es imposible que alguien mencione El Bolsón y no
se lo asocie al hippismo.
Los viajeros que recalan en todas las estaciones del año en este
paraíso bolsonés, lo primero que atinan a preguntar es “¿Dónde
están los Hippies? y, los más atrasados de noticias inquieren”¿Dónde
queda la Comunidad Hippie?”. Su des ilusión es grande al
comprobar que lo que supervive de todo aquel mito es un grupo abigarrado
de artesanos que tres veces a la semana exponen sus artesanías
y trabajos en el hemiciclo de la Plaza Pagano.
Contrariamente a lo que acontece en los destinos turísticos mundiales
donde es imprescindible crear una mística alrededor del lugar que
se desea mostrar al turista, El Bolsón es recreado febrilmente
antes de llegar a él y cuando se toca tierra, la ilusión
se cae y el viajero busca y culmina encontrando algo de la magia perdida,
del pasado utópico, del sueño de la libertad juvenil y se
desayuna de una energía que los nativos no alcanzamos a percibir.
El mito de los hippies se rastrea en algunos hechos que hicieron historia
y sedimento en la zona y cuya cartelería lo rescata: “El
Bolsón, Primer Municipio Ecológico de Latinoamérica”,
“El Bolsón, zona no nuclear”, “El Bolsón
a favor de la Vida”…
Aunque no es letra muerta lo que dicen los carteles, tal vez sean ellos
los que hacen de esta zona una manera de vivir los propios sueños
y tienden una mano solidaria al que busca paz y amor. |