Mitos y Leyendas
*por el Lic. Juan Domingo Matamala
   

EL COPIHUE

Es la flor nacional de Chile, pero, merced a la colonización inicial de este valle bolsonés por parte de ciudadanos chilenos, su leyenda se aquerenció en la zona.
El copihue, en realidad, se llama Colcopiú a la flor y Copiú al fruto, una suerte de pepinillo que se come. De allí la denominación Copihue.
Es una enredadera muy vistosa con flores acampanadas de un rojo intenso, casi carmín.
Su belleza deslumbrante es la reina de la selva araucana y se la ha erigido en el símbolo de la raza cautiva.
Una de las canciones más emblemáticas de Chile se titula la flor del Copihue y en su letra hay una hermosa descripción de la misma.
Dice:

Abrió sus pétalos rojos
bajo el nocturno sosiego.
Soy la flor que me despliego
en los cumbres somnolientas
las que al surgir la mañana
entre los riscos andinos
guardo en mis hojas sangrientas
las lágrimas araucanas.

La leyenda que ha llegado aquí por transmisión oral tiene varias vertientes e interpretaciones. La que yo conocí de boca de mis ancestros relata lo siguiente.
El genio malo que habita en las montañas altas, conocido con el nombre de Huecuvú, solía de vez en cuando bajar a los valles habitados y allí se dedicaba a realizar todo tipo de maldades.
Cuando iniciaba el descenso tenía la precaución de tomar fuego de las llamas de los volcanes circundantes a su domicilio y con él encendía pequeñas luminarias que iba dejando a medida que bajaba hacia el valle, de tal manera que su camino de regreso estaba asegurada por infinidad de lucecitas encendidas. La precaución no era vana ya que como se dedicaba a beber en forma desmedida, ya borracho para retornar, más de una vez había perdido el sendero y se había extraviado.
Lo más importante era robar el mudai o la chicha, aquella bebida elaborada por los hijos de la tierra y, aunque poseía una graduación alcohólica menor, si se la ingiere en grandes cantidades produce una insoportable borrachera.
Cierta vez fue vencido por los buenos espíritus protectores. Imploró a éstos que le permitieran llevarse las luminarias para alumbrarse en el obligado destierro que éstos le impusieron. Sus llorosas súplicas fueron desoídas,
Es por este motivo es que las rojas campanitas de iluminación, tan movedizas y vivaces, se convirtieron en la flor del copihue que pende en las ramas con aquel tinte tan peculiar.